miércoles, 16 de diciembre de 2015

DESPARTIDIZAR LA POLITICA

 "La izquierda no puede limitarse a nuevas formas de realizar los mismos sueños; tiene que cambiar los sueños en sí mismos." Slavoj Zizek


Para que sea efectiva aquella concepción lanzada por Abraham Lincoln de “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”[1], es imprescindible y urgente, el despartidizar a la política para que el pueblo la asuma personalmente como suya y participe directamente en la gestión, administración y gobierno de un territorio, desde los barrios y comunidades hasta el nivel nacional. La política, no como exclusividad y patrimonio de la “clase política” sino como un derecho y una responsabilidad de todos, como algo natural y cotidiano y no como algo consagrado a ciertos individuos. La política como expresión de sabiduría y no como medio o forma de banalidad y frivolidad.
Los partidos y movimientos políticos no representan al pueblo sino a élites que hacen de esta actividad su forma de vida, y cuando llegan a puestos directivos los convierten en un medio de enriquecimiento y de dominación, como nos cuenta la historia. No sé si existe o ha existido alguna excepción. Si los partidos (especialmente los de izquierda) quisieran realmente un cambio estructural plantearían la recreación del poder popular, en la que el pueblo sea el responsable y beneficiario de su propia actividad política, sin necesidad de intermediarios o portavoces. El pueblo participando de forma organizada con sus instituciones naturales y comunes, y no a través de  ciertos grupos políticos que asumen su representación y que creen saber cuáles son sus aspiraciones[2], o que se dicen que son lo más alto y avanzado del pensamiento de clase y están a la vanguardia del pueblo para dirigirlo en su transformación.
El sistema de partidos es un invento burgués que nació a finales del siglo 18 y comienzos del 19 en Inglaterra y EEUU, luego de la revolución industrial para consolidar el poder de la emergente burguesía. Llegando paulatinamente a convertirse en la mejor expresión de la capacidad de concentración del biopoder dentro de ciertos grupos de élite, en la que solo ellos puedan llegar a sitios de gobierno. Quien no es miembro de un partido o movimiento político no puede participar de una contienda electoral y por ende no tiene la posibilidad de acceder al poder político. Existiendo tanta gente capaz y comprometida, pero como se han dado cuenta que los partidos políticos y el sistema político en general, no son instrumentos ni vías desde el cual empujar una transformación, han preferido optar por otros caminos y medios más revolucionarios y eficaces, como la recreación de espacios paralelos a los oficiales (mini-naciones) o en la generación de formas de vida anticapitalista (micro-política).
El sistema de partidos, es el mayor y mejor invento creado por la burguesía para la dominación sutil de la población a través de la democracia electoral y de sus partidos políticos. Fórmula en la cual todo queda en, y por, ellos. Quienes a su vez se encargan de legitimar y naturalizar el juego electoral que fortifica al biopoder del sistema capitalista y principalmente del sistema-mundo patriarcalista y civilizatorio.  
Incluso las izquierdas enarbolan al partido como la mayor y mejor expresión de clase. El partido es todo, y nada está más allá de la “más alta organización de clase y del pensamiento revolucionario”. El Partido está sobre los sindicatos, los gremios de profesionales, las federaciones indígenas, las asociaciones artesanales, las cooperativas de producción, las ongs, las comunidades,  los comités barriales…, es decir, sobre todas las formas naturales y básicas de organización. El poder no está en el pueblo y sus organizaciones propias y vivenciales, sino en el Partido. Las organizaciones de base solo pueden acceder a un gobierno a través de los partidos, los mismos que son elegidos y escogidos por el comité central, considerado éste como la más alta expresión de clase dentro de lo más avanzado de la clase proletaria y su partido de vanguardia. El partido en la cima de la pirámide, los movimientos sociales a la cola, y el pueblo en la base o al último de todo (piramidalismo).
Mucho menos lo entiende el “progresismo político” -y muy particularmente el correismo-, para quienes las organizaciones sociales son sus enemigos principales, más que la misma derecha. Si bien la derecha ha combatido a los movimientos sociales, el correismo (y el progresismo) han buscado eliminarlos, o al menos neutralizarlos a través de su control y regulación, pues nadie puede estar sobre el Partido, y a su interior nadie más allá del líder máximo, que generalmente es presidente del Partido y del Gobierno al mismo tiempo. Lo que significa que el individuo es más que el propio colectivo, o los derechos individuales sobre los derechos colectivos, típica expresión del capitalismo y de la mentalidad patriarcal. De esta manera, el partido, el gobierno y el estado se convierten en lo mismo, es la concentración del poder para la biopolítica de control del pueblo “atrasado y manipulable por la burguesía”. De ahí, que Correa repite insistentemente que las organizaciones populares le hacen el juego a la derecha[3].
Ese el propósito del reglamento que emitió Correa en marzo del 2008 para regular a las organizaciones sociales, en donde se destaca cuáles serán las causales de disolución al “incumplir o desviar los fines para los cuales fue constituida la organización” y “comprometer la seguridad o los intereses del Estado, tal como contravenir reiteradamente las disposiciones emanadas de los ministerios u organismos de control y regulación”. Lo que quiere decir que el Estado en si mismo está sintetizado en el presidente del gobierno nacional, y si alguien está en su contra está atentado contra el poder del estado, el cual representa el bien común y que está consagrado en el Jefe de Estado. El pueblo, el estado, el gobierno, el partido…, soy yo.[4] Sin dejar de mencionar que el Estado en sí mismo, es otra expresión o forma burocratizada del poder de dominación, y que si no hay descentralización y desestructuración del Estado burgués, es otro aparato más encima del pueblo y utilizado por el caudillo o presidente de turno para someter con sus aparatos de represión al pueblo y a sus organizaciones sociales.
De ahí, que en organismos estatales como el Consejo de Participación Ciudadana (supuesto quinto poder) no participan las organizaciones sociales ni se designa a miembros de la población organizada para distintas funciones del Estado sino a individuos con ciertos méritos académicos, lo que significa el tecnocratismo puro en la dirección social. Por eso Correa glorifica tanto a los partidos políticos -como tal-, y a las formas electorales como el sumun de la democracia representativa, y a su vez, denigra y combate tenazmente a los movimientos sociales y a la consensocracia[5] [6]o biocracia. Y esto se debe a que él cree que el pueblo es “limitadito” e incapaz de autodirigirse. Por ello jamás le entregaría el poder al pueblo organizado en sus movimientos sociales, pues eso significaría acabar con el populismo y el caudillismo que han gobernado todos estos años. Necesita que el pueblo siga siendo populista para que continúe esperando que aparezcan nuevos salvadores como él. Rafael Correa es ya una leyenda y el milagro del siglo XXI.
Y las otras izquierdas piensan parecido, aunque no lo digan abiertamente, y solo se atrevan a decir que el pueblo todavía no está preparado y que necesita del partido y de sus mejores hijos para articular y organizar la revolución. Esto en la experiencia mundial, se llama burocratismo. La concepción del “centralismo democrático”, significa que el pueblo todavía no tiene la suficiente conciencia para ello y necesitan de los intelectuales más avanzados para asegurar la victoria popular, situación -que por cierto- hasta ahora no se ha dado en ninguna parte del mundo.
Según las izquierdas, el pueblo solo tendrá conciencia cuando ellos construyan el socialismo y les hayan educado en una conciencia revolucionaria (castrismo-chavismo), para entonces, entregarle el poder al pueblo organizado y por ende no sea necesaria la existencia del partido único del proletariado. Pero ello, solo será posible cuando se llegue al comunismo, antes de eso el pueblo no es capaz de autogobernarse ni de dirigir su revolución. Es decir, nunca. Mientras las izquierdas se sigan creyendo que son lo más alto del pensamiento de clase y sigan teniendo al pueblo como su fuerza de choque, jamás habrá un cambio por ahí. Comprobamos -una vez más- que las izquierdas no son revolucionarias sino reformistas y hasta cierto punto contrarrevolucionarias.
El ataque a las organizaciones populares que ha hecho el progresismo (y el castrismo desde hace más de 50 años), es una clara forma de la despolitización y del desempoderamiento del pueblo, en su desmedro y a favor del partido y del status quo. De ahí, que no solo se trata de cuestionar al Decreto 16 que limita la capacidad de existencia y de accionar de las organizaciones sociales, como lo ha venido manifestando la izquierda, sino, que se trata principalmente de que tengan más poderes dentro de la vida política y social si quieren realmente un cambio. Hay que virar esa camisa de fuerza del partidismo, para que los movimientos sociales sean los que canalicen la organización popular y actúen directamente en la construcción del poder popular. Pero siempre cuidando que no se recreen nuevas formas de micro-partido, para lo cual, es necesaria la organización popular en todos los niveles sociales. Es decir, una sociedad constituida por organizaciones e institutos y no por individuos “libres”, no solo como familias aisladas sino en comunión de familias y de mancomunidad de familias, tanto a nivel de parentesco sanguíneo como a nivel socio-económico, para tener una sociedad altamente organizada y movilizada en la construcción de su destino de vida. Y ello implica también poder electoral para que puedan intervenir directamente en la designación de las autoridades y no sea exclusividad de los partidos políticos. Por ejemplo, para empezar este proceso podría pensarse en una participación del 34 % de los partidos políticos, 33% de las organizaciones sociales y 33% de las nacionalidades indígenas.
La única organización que hasta ahora ha comprendido esto, es la ECUARUNARI a través de Carlos Pérez Guartambel, pero las izquierdas partidistas no dicen nada y más aún hacen algo. Su mentalidad liberal y eurocéntrica es todavía muy fuerte y no entienden todavía la mentalidad indígena y su proyección comunitaria, que se la ejerce dentro de un poder comunal vital y no dentro del buró del Partido. El burocratismo de la izquierda (incluidos muchos miembros del movimiento indígena) sigue latente, todavía no entienden al sumak kawsay o vitalismo milenario que no busca tomarse o asaltar el poder, sino abrir el poder para que todos se sean poder y puedan ejercer el poder por, y en, sí mismos. El vitalismo entiende que el poder consciente está en el ejercicio del poder, en la capacidad de ser responsable de manejar su propio poder y que a través de la práctica se aprende a equilibrar el poder. Pero mientras la izquierda siga arriba y adelante del pueblo, solo lograrán que el pueblo desprecie y rechace aún más la política, que se alejen más de los partidos políticos y que por ende esté más lejos su propia capacidad movilizadora de cambio.
La concepción de que el partido es la vanguardia de clase, es la visión más retrógrada y reaccionaria, que solo le conviene al sistema burgués que funciona de la misma manera en todos los ámbitos e instituciones que ha creado (piramidalismo). La derecha por su acción explotadora es la que más provoca reacción y resistencia del pueblo, pero la izquierda se encarga de aplacarla a través de supuestamente canalizar y dirigir la lucha social dentro de su burocracia elitista. La experiencia mundial lo dice, pero hasta ahora no reaccionan y lo único que han logrado es recrear sutiles formas de dominación y de control al interior de la lucha popular y que luego se reproduce cuando están en instancias dentro del poder estatal. De ahí, que aparecen de tiempo en tiempo, los “auténticos” revolucionarios, que forman el “verdadero” partido de clase y las “únicas” organizaciones populares.
Esto quiere decir, que las organizaciones populares no pueden ser simples brazos o costillas del partido, caso contrario será más de lo mismo. Los movimientos sociales deben funcionar, fuera y más allá de los partidos, para que no se eliticen y burocraticen dentro del buró político. En todo caso, las organizaciones sociales y el partido pueden ser complementarios uno del otro y no el uno subsumido al otro, que es reproducir la superposición de unos sobres otros, lo que genera prepotencia y subyugación, como lo demuestra la experiencia mundial de la izquierda.
Incluso lo más revolucionario que podría hacer la izquierda es desparecer a sus partidos y que sus altos miembros pasen a la vida económica productiva para desde ahí ejercer su acción política. Pero no lo querrán, pues están acostumbrados a que otros trabajen y a igual que en las iglesias solo están esperando los diezmos de los militantes, es decir, de los trabajadores. Los partidos (y las iglesias) siguen el mismo esquema paternalista y no están dispuestos a perder sus privilegios, bajo el argumento de que hacen trabajo político porque son lo más avanzado del pensamiento revolucionario. Déjense de joder. Basta de burócratas, necesitamos revolucionarios en su vida común y corriente, es decir, gente que ya vive el nuevo sistema.
Entonces, se hace necesario de un pueblo organizado y con amplias potestades para que pueda ejercer su poder total, de esta manera no sigan representados en la democracia burguesa ni en los partidos políticos. Si se lucha por una democratización para salir de la democracia representativa hacia una participativa, también se debe luchar para que el pueblo no esté representado en sus partidos políticos sino que esté participativo con sus propias organizaciones de base. Esto implica revolucionar la visión centralista y verticalista de la izquierda, como también lo es de la derecha (piramidalismo) por una visión horizontal y desconcentrada, para que la política no sea un cenáculo de ciertos afortunados sino sea un compromiso de vida, en la que la persona no solo debe ser responsable de su propia familia sino de toda la vida en su conjunto. Ahí será posible otro mundo, un mundo donde el pueblo ejerce su poder sin representación alguna y bajo ninguna forma de sustitución.
Que diferente sería si la izquierda trabajara por la descentralización del poder en las organizaciones populares, para que ellas, en cada sector, en cada rama, en cada actividad, ejerzan la dirección de los gobiernos sectoriales y generales. La única manera de dignificar a la política es que el pueblo la asuma personalmente, no puede quedarse simplemente en un papel de lejano crítico observador que solo actúa en la democracia de un día, sino que tiene que aprender a ser responsable y asumir directamente los proyectos y sus ejecuciones.
Si queremos una nueva vida, el pueblo debe politizarse y para ello la política debe desmonopolizarse de los partidos (entre otras cosas), y de esta manera el pueblo no esté partido sino que esté completo. Así, el pueblo no sea usurpado en su derecho a dirigir sus propios cambios y transformaciones, por ningún estamento que esté sobre él. No más piramidalismo, sino ciclicidad a todo nivel y forma.





[1] Cualquier interpretación del significado político del término pueblo debe partir del hecho singular de que, en las lenguas europeas modernas, éste también incluye siempre a los pobres, los desheredados y los excluidos. Un mismo término designa, pues, tanto al sujeto político constitutivo como a la clase que, de hecho si no de derecho, está excluida de la política. Giorgio Agamben http://artilleriainmanente.blogspot.com/2012/07/giorgio-agamben-que-es-un-pueblo.html?spref=fb
[2] "Escuchen, no atemoricen a nadie, vayan a ordenar a sus casas, aquí manda el pueblo ecuatoriano... Qué se puede hablar con estas posturas. Someterse a esas prepotencias sería la peor de las claudicaciones". Rafael Correa, EL UNIVERSO, 13 de agosto, 2015
[3] "Como (los de la oposición) no pueden lograr su cometido, como no representan a nadie que no sea su propio ego, sus propios abusos, ¿qué hacen? Recurren al chantaje: 'Te cerramos las carreteras hasta que hagas lo que nosotros exigimos'. En una democracia todos tienen derecho a manifestarse, pero ellos están atentando contra los derechos de los ecuatorianos", dijo Correa ante sus simpatizantes. Rafael Correa, EL UNIVERSO, 13 de agosto, 2015
[4] Yo no soy yo, yo soy un pueblo» Frase repetida de diversas formas por líderes populistas como Gaitán, Chávez, Correa.
[5] La democracia del consenso es una posición profundamente conservadora que niega justamente el pluralismo y el antagonismo que son constitutivos de cualquier política democrática, es querer negar el disenso y presuponer acuerdos que no están dados. Es el equivalente del “fin de la historia” con el que nos quisieron convencer en la época neoliberal. http://ecuadoryacambio.ec/mensaje-a-la-nacion-2015-presidente-rafael-correa/
[6] Correa planteó la necesidad de revisar los estatutos de la institución, en la que todo "debe decidirse por consenso" y en la que existe el veto, que consideró "la mejor forma de no avanzar". http://lanacion.com.ec/?p=10452

jueves, 10 de diciembre de 2015

LA IZQUIERDA NO ES REVOLUCIONARIA, ES REFORMISTA



Hasta ahora la izquierda en el mundo, a donde ha llegado a dirigir, ya sea, a nivel nacional, local, o particular, se ha limitado a montarse sobre las instituciones establecidas, o si han creado algo han seguido el mismo esquema verticalista de poder. No conozco ninguna experiencia en el mundo, por más pequeña que sea, que haya recreado un organismo o institución con un funcionamiento social amplio y con alta participación de la población. Ni siquiera sus propias organizaciones funcionan en forma diferente al esquema patriarcal liberal y reproducen el mismo sistema piramidal que dicen cuestionar del sistema capitalista de poder, donde las superestructuras están en la cúspide y las mayorías trabajadoras en la base de la pirámide.

El piramidalismo, sistema que fuera creado por el patriarcalismo y que ha alcanzado su mayor nivel en la etapa neoliberal y neodesarrollista del capitalismo, donde se ha logrado perfeccionar aún más la pirámide social y epistemológica antropocentrista. Sistema civilizatorio del que la izquierda no ha logrado salir de ese molde, sin que pueda rebasar la mentalidad vertical, fragmentaria, racionalista, ilustrista, en suma, positivista, por lo que en el fondo la izquierda es patriarcalista y antropocentrista, y por ahí también se explica sus fracasos. Incluso, muchas organizaciones indígenas, afectadas o influenciadas por la izquierda, tampoco funcionan en una forma concejil, horizontal, cooptativa y cíclica; sino en formas piramidalistas de poder. También muchas comunidades colonizadas, ya no funcionan orgánicamente por turno y rotación, sino que eligen mediante votación a directivas de tipo vertical y en especialidades.

La izquierda que ha llegado al poder, sea de un gobierno nacional, provincial o sectorial, máximo se ha montado sobre la institucionalidad colonial y la burguesa, haciendo algunos retoques y reajustes, pero de ahí nada raigal. A la final solo se han producido cambios de funcionarios, pero el sistema institucional primigenio ha seguido siendo el mismo. Logran hacer algunas obras y obtener ciertos beneficios populares (y lo demás se roban[1]) pero nada estructural, nada que implique el remontar y recrear otra forma de organización estatal, productiva, económica, y que implique un reordenamiento social profundo.

De ahí que la izquierda no es revolucionaria sino reformista, por más discurso radical y acciones violentas que hayan realizado (las mismas que además son expresiones patriarcales), y porque principalmente no se proponen modificar el poder lineal y hegemónico sino solo fusionarse al poder establecido incorporando a sus militantes, con lo cual, únicamente han logrado recrear nuevas formas de dominación dentro del mismo esquema piramidal de reproducción social (estatalismo).

La izquierda que ahora se opone a la izquierda populista en el poder (progresismo), y que al principio estuvieron en el gobierno o fueron parte de él, todos ellos procedieron a realizar y aprobar nuevas constituciones, pero las mismas solo lograron una ampliación de derechos y de funciones, es decir, una serie de reformas pero nada de fondo que implique avanzar y peor terminar con el sistema de estado burgués y mucho menos con el sistema civilizatorio y las epistemologías patriarcales. Incluso se equivocaron en muchos aspectos y lo único que consiguieron es centralizar aún más el poder en una sola persona. Por lo que también son izquierdas reformistas, pues no se plantearon ni procedieron a reestructurar el sistema colonial eurocentrista y tampoco lo han criticado posteriormente. Unos siguen defendiendo esas constituciones aprobadas y solo pretenden hacer ciertos reajustes, y otros quieren regresar al sistema liberal clásico de los tres poderes solo que más separadas las funciones, es decir, todos se proponen profundizar el mismo sistema nortecentrista de poder oligopólico. No he escuchado hasta ahora que hablen de un sistema asambleario, de una democracia horizontal, de un consejo de gobierno, de un poder representativo cíclico o toroidal, de una acción co-ejecutiva…

Todos, sean las izquierdas de la ex URSS, de China, de Cuba, de los progresismos actuales, o de las izquierdas en oposición a todos ellos, teóricamente se han escudado en el mismo argumento del centralismo democrático, de que en la etapa de transición deben funcionar en el sistema concentrado y hegemónico del partido y del gobierno, tanto para salir del capitalismo como en la construcción del socialismo, para solamente extinguirlo cuando se llegue al comunismo en donde habrá un sistema verdaderamente popular, descentralizado, asambleario, y en el que desaparecerá definitivamente el Estado, la democracia y los partidos políticos. Desde Marx, pasando por Lenin, Gramsci hasta los neo-marxistas, todos defienden el sistema popular o proletario centralizado piramidal. Por ahí, algunos han hablado de ampliar o de descentralizar la economía pero muy poco del gobierno presidencialista y nada del Estado verticalista. Incluso, revolucionarios como Rosa de Luxemburgo o Trotsky, que denunciaron al burocrático socialismo verticalista fueron perseguidos, puestos en prisión y asesinados, justamente por las izquierdas reformistas y las fundamentalistas, los dos extremos del patriarcalismo oligopólico. Y las izquierdas populistas reformistas siguen actualmente el mismo ejemplo, aunque no han llegado a asesinar.

La izquierda ha escrito y sigue escribiendo cantidad de libros, artículos, y han muerto miles luchando por la toma del poder, pero no dicen casi nada de qué es lo que van a hacer con el poder burgués: la desinstitucionalización del gobierno piramidal, la desestructuración del estado liberal, la descolonización del sistema social, la descivilización del paradigma patriarcal, etc. Creen que solamente estatizando y nacionalizando la producción y /o la economía ya es suficiente, o modificando las relaciones de propiedad o de apropiación ya se sale del capitalismo. Siguen sin entender que el capitalismo solo es un tentáculo entre los otros que constituyen el sistema-mundo piramidalista, que además genera antropocentrismo, racionalismo, materialismo, consumismo, racismo, sexismo, fundamentalismo religioso, etc. Y si no hay una acción transversal a todo ello solo reproducen el mismo esquema desde otro ángulo, como lo vemos claramente en China o Cuba.

De ahí que la izquierda hasta ahora no haya logrado salir del capitalismo y peor haya creado un territorio “libre”, ni un municipio emancipado, ni siquiera una universidad[2], ni una actividad productiva, ni una organización social, nada de nada. Se han tomado el poder o lo han ganado vía eleccionaría pero luego el poder del sistema los ha absorbido y los ha burocratizado, sin que hayan logrado nada sustancial a nivel institucional y ni siquiera hayan motivado a un empoderamiento de la sociedad en un alta conciencia social revolucionaria. A lo máximo cierta redistribución, pero a la final estas políticas han terminado en asistencialismo o clientelismo, que más bien han alimentado aún más su dependencia limitándose a esperar o a exigir que los gobiernos les den más obras y beneficios porque son “sus derechos ganados”, lo que en la práctica ha significado tan solo el desarrollo de la comodidad y del consumismo[3]. La derecha ha sido menos clientelar aunque más explotadora, con ello el pobre se ha visto obligado a despertar su inventiva para buscar su sobrevivencia y transformación, en cambio, la izquierda transforma al pueblo en un ente pasivo y desmovilizado, que tiende más a la caridad que a una creación revolucionaria.

Los únicos que hasta ahora se han salido de este esquema de la toma del poder son los zapatistas en la selva Lacandona y las comunidades autónomas de Oaxaca en México, ciertas comunidades kurdas en Turquía y Siria, la comunidad de Sarayaku de Ecuador, y los grupos anti-sistema (bio-comunidades, eco-aldeas, etc.) en varias regiones del mundo. Aquí también podríamos integrar a los llamados “pueblos en aislamiento voluntario” y ciertas comunidades “escondidas”, que ni antes ni ahora han sido integrados al sistema antropocentrista y todavía siguen siendo vitales, por lo que son los únicos pueblos verdaderamente “libres” (o en equilibrio) en todo el mundo.

En el caso de los zapatistas y de los kurdos, no han renunciado a la toma del poder sino que lo están construyendo, en cambio los grupos antisistema no se han planteado todavía la dirección del poder y no tienen una acción política amplia. Es obvio que están minando el sistema capitalista al crear sistema paralelos de vida y tienen una visión política anticapitalista en su práctica de vida cotidiana, pero no alcanzan a tener una acción política plena y decisiva a nivel de los poderes gubernamentales nacionales y sectoriales, por lo que algunas izquierdas los acusan de contrarrevolucionarios o retro-revolucionarios. Por el contrario, las izquierdas tienen una participación política total y luchan por el poder, pero no la están construyendo ni desde abajo ni recreando formas alternativas o subversivas de vida. Algo que faltaría profundizar en los zapatistas y kurdos, ya que no solo es suficiente cambiar la organización social y la forma de gobierno, sino las formas de producción y de habitación para que sea plenamente sustentable la nueva vida. En este sentido, el desafío para los revolucionarios es conjugar todo ello.

A este momento vale recuperar lo que decía Raul Zibechi[4]: “Las alternativas al capitalismo no nacen ni en las instituciones estatales ni en el centro del escenario político sino, como toda creación cultural y política, en los márgenes, lejos de las relaciones sociales hegemónicas y de los reflectores mediáticos. Es creación y lucha: se resiste y se lucha para no morir; se crean los mundos nuevos para no repetir lo viejo.”

Poco a poco, ciertos grupos y colectivos alternativos, como los autonomistas de tipo anti-sistema o contra-sistema, van entendiendo que será importante recuperar la dirección de sus naciones y territorios, además de la recreación de los nuevos sistemas sociales que lo vienen haciendo y que es lo más revolucionario que hay hasta ahora. Paulatinamente van tomando conciencia de que se deberá entrar a disputar los gobiernos cuando hayan más espacios con gente en otra conciencia y sea natural el cambio político, y de esta manera no se quemen o se domestiquen dentro del sistema oficial.

Algunos dirigentes indígenas también actúan en este sentido, por ejemplo, los que crearon las universidades indígenas desde otras formas y epistemologías a las del norte global, pero la mayoría de miembros del movimiento indígena tienen mucha influencia de la visión asaltadora del poder y solo se esfuerzan por llegar al poder liberal. En este mismo nivel están los grupos indianistas, especialmente en Bolivia y Perú, que tan solo siguen empeñados en tomarse el poder pero que no hacen nada por recrear espacios nuevos de vida ni por reconstruir territorios autónomos.

Las posiciones firmes de ciertos grupos que enarbolan el sumak kawsay (no: el buen vivir) en el caso de los Andes, tienen bastante claro esta transversalidad y multidimensionalidad, y están abriendo el análisis y el camino desde otros andariveles, viviendo la nueva vida en la cotidianeidad y participando activamente en la acción intelectual y política de masas.
NOTAS

[1] Todos los gobiernos progresistas, como los de Cuba, China, Corea del Norte son acusados de corrupción masiva.

[2] La Flacso y la U. andina creadas por gente de izquierda siguen el mismo esquema antropocentrista en su configuración interna y en los estudios que ofrecen. Totalmente diferente a la extinta Amawtay Wasi que fuera desaparecida paradójicamente por otras izquierdas. Peor la Yachay Tech, aquí un artículo resaltable de Sebastián Vallejo http://www.telegrafo.com.ec/opinion/columnistas/item/yachay-una-gran-ironia.html

[3] “El consumismo, decía Pasolini hace casi medio siglo, despolitiza, potencia el individualismo y genera conformismo. Es el caldo de cultivo de las derechas. Están cosechando lo que sembraron.”  Raül Zibechi http://www.jornada.unam.mx/2015/10/30/opinion/021a1pol


[4] La Jornada: Ciencia, salud y anticapitalismo